La fascinante historia del color azul: por qué costó tanto crearlo y cómo se volvió el favorito de la humanidad


Surgió mucho después que el negro, el rojo, el amarillo o el verde. Los pigmentos esquivos para fabricarlo y sus versiones distintas en Europa y América

El azul, un color vital para percibir la naturaleza y la vida misma. Es el color del cielo, del mar y el color predominante del planeta Tierra ¿o no? Curiosamente el azul no es un color muy común en la naturaleza, existen muy pocas plantas y animales naturalmente azules y si lo pensamos bien tanto el cielo como el agua podrían no ser propiamente azules: el cielo puede ser blanco, negro o gris, dependiendo del clima, y el agua puede ser transparente, verdosa o avinada dependiendo de la perspectiva con que se mire.

Sin embargo, esto no le impide ser el color favorito tanto de hombres como de mujeres, como lo mostró una encuesta de 2012 realizada por el psicólogo de la Universidad Maryland, Philip Cohen. O la encuesta hecha por Scott Design desde noviembre de 2011 hasta la actualidad que sigue mostrando al azul como el color de preferencia de las más de 8 mil personas de 141 países que participaron del sondeo.

Pero durante gran parte de la historia de la humanidad no existía una palabra para describir el color azul, lo que abre la pregunta de si las antiguas civilizaciones eran siquiera capaces de percibirlo.

De acuerdo con los historiadores las primeras palabras para definir colores fueron “negro” y blanco”, asociados con luz y oscuridad, luego vino el “rojo” que era el color de la sangre. Estos tres colores dominaron las primeras expresiones artísticas de la humanidad, por lo que no sorprende su presencia en las más antiguas pinturas rupestres encontradas. Luego vinieron el amarillo y el verde. El azul fue el último color en entrar a esa lista.

Otro elemento que contribuyó a esto fue la carencia de pigmentos naturales para el azul. Pintar con azul era extremadamente difícil y raro pues no había muchas fuentes usables para teñir las cosas de este color.

De acuerdo con los científicos, los pigmentos azules comenzaron a aparecer en la historia hace aproximadamente unos 6.000 años, cuando los humanos empezaron a desarrollar colorantes a base de lapislázuli, una piedra semipreciosa y extremadamente rara que combinada con otros ingredientes como calcio y piedra caliza, podía generar otros pigmentos azules saturados.

Azul Egipcio: el primer azul

El primer registro histórico del azul como un pigmento sintético se encuentra en el antiguo Egipto, el cual estaba compuesto por una mezcla de sílice, cal, cobre y un álcali.

El azul egipcio se sintetizó por primera vez durante la Cuarta Dinastía (años 2613 – 2494 a.C) y se utilizó ampliamente hasta el final del período romano en Europa. Después cayó en desuso y su fórmula se perdió hasta tiempos modernos en los que los científicos han podido replicarlo.

El azul egipcio puede ser encontrado en pinturas rupestres egipcias, siendo las aplicaciones en el arte más antiguas conocidas para el color azul. También fueron los egipcios los primeros en nombrar el color, aunque en un primer lugar la palabra usada para el azul era la misma que para el verde.

Era un color de suma importancia para los egipcios, y con él teñían una variedad de diferentes medios como piedra, madera, yeso, papiro y lienzo, y en la producción de numerosos objetos, incluidos sellos cilíndricos, cuentas, escarabajos, incrustaciones, ollas y estatuillas.

Además, su uso comenzó a ser popularizado en otras partes del mundo y gracias a él se despertó el interés de conseguir nuevas fuentes para producir azules vivos y hermosos. El azul egipcio tenía una tonalidad que imitaba el mineral del lapislázuli, pero el azul extraído propiamente de esta piedra sería otra evolución de este mágico color.

Ultramarino: el color de la divinidad y la realeza

El ultramarino es un pigmento de color azul profundo que se hizo originalmente moliendo lapislázuli en un polvo. El nombre proviene del latín ultramarinus, literalmente “más allá del mar”, fue importado a Europa de las minas remotas en Afganistán por comerciantes italianos durante los siglos XIV y XV.

En ese tiempo, la única fuente de lapislázuli era una pequeña mina en el extremo lejano del actual Afganistán, y para llegar a Venecia, por entonces la capital mundial del color, le tocaba recorrer un extenso camino de 5.600 kilómetros, atravesando montañas, desiertos y el propio mar Mediterráneo.

Esto hacía que el pigmento fuera extremadamente raro y caro, reservado exclusivamente para los pintores más reconocidos y para plasmar las imágenes más divinas o importantes. El ultramarino literalmente valía su peso en oro, una onza del color equivalía a una onza del metal precioso, por lo que su uso no podía darse a la ligera.

Pese a su exclusividad, el ultramarino tuvo una gran popularidad durante la Edad Media y revolucionó el mundo del arte durante el periodo renacentista, con artistas como Giotto di Bondone, padre del Renacimiento italiano, usándolo en obras icónicas como el cielo de la capilla de los Scrovegni de Padua, que terminó de consolidar al color con un estatus divino.

El primer uso notorio del lapislázuli como pigmento se puede ver en las pinturas rupestres de los siglos VI y VII d.C. en los templos zoroástricos y budistas afganos, cerca de la fuente más famosa del mineral. El lapislázuli también se ha identificado en pinturas chinas de los siglos X y XI, en pinturas murales indias de los siglos XI, XII y XVII, y en manuscritos iluminados anglosajones y normandos.

Pero durante el Renacimiento a menudo se usaba para las túnicas de la Virgen María y el niño Jesús, simbolizaba la santidad y la humildad.

Como resultado de su alto precio, los artistas a veces economizan usando un azul más barato, azurita, para pintar cosas de menor importancia. Muy probablemente importado a Europa a través de Venecia, el pigmento rara vez se veía en el arte alemán o en el arte de los países del norte de Italia. Debido a la escasez de azurita a finales del siglo XVI y XVII, el precio del ya caro del azul ultramarino aumentó drásticamente.

Por años se buscó un sustituto para este pigmento, pero pasarían por lo menos dos siglos para que pudiera ser recreado de manera sintética. Fue en 1828 que el “ultramarino sintético” apareció, pero un siglo antes, otro color, el “Azul de Prusia” ya irrumpía en el mundo del arte.

Azul de Prusia: un “error” para la historia

Cuenta la leyenda que a principios del siglo XVIII, más exactamente en el año 1704, un fracasado alquimista llamado Johann Conrad Dippel buscaba en su laboratorio de Berlín crear un “elixir de la vida”.

Este “aceite de Dippel” pretendía ser una “medicina universal” para curar todos los males. Era un brebaje con aspecto semejante al alquitrán líquido y un sabor y olor muy desagradable que terminó siendo usado, durante la Segunda Guerra Mundial, para hacer el agua imbebible y deshidratar a los enemigos.

Dicho brebaje era una destilación de cuernos, cuero, marfil y sangre descompuestos a la que le agregaba potasa (carbonato de potasio). Ese último elemento, la sangre, y un componente de ésta en particular, el hierro, revolucionaría el azul para siempre.

Resulta que junto con Dippel trabajaba el creador de colores suizo Johann Jacob Diesbach, quien trabajaba en un lote de laca carmesí, un pigmento rojo a base de un insecto traído directamente de América llamado cochinilla que mezclado con potasa producía la coloración deseada.

Diesbach tomó prestado un poco de la potasa de Dippel, la cual estaba contaminada con sangre, lo cual causó una reacción química complejísima para la época que produjo como resultado un azul nuevo, fuerte y profundo, que sorprendió al colorista, al ex alquimista y a todo el mundo.

Había nacido el “Azul de Prusia”, aunque todavía pasarían algunos años para recibir oficialmente ese nombre. Este nuevo pigmento, puramente creado del azar, resultó ser más fácil y barato de fabricar que el ultramarino y abrió las puertas del azul no sólo a pintores sin mecenas millonarios, sino a todas las personas.

“Si el azar no hubiera intervenido, sería necesaria una teoría profunda para inventarlo”, diría el químico francés Jean Hellot en 1762 al tratar de explicar el proceso químico que dio como resultado el color, el cual es citado como el primer pigmento sintético de la modernidad.

El azul de Prusia adquirió rápidamente gran popularidad. Comenzó a ser usado en todo tipo de pinturas, aunque el primer registro de su uso en el arte fue en el “Entierro de Cristo” una obra de 1709 del pintor holandés Pieter van der Werff.

La revolución del “Azul de Prusia” llegó a todas partes del mundo. Fue usado en la mítica “Gran Ola de Kanagawa”, creación del artista japonés Katsushika Hokusai; pero también fue el color predominante en el “Periodo Azul” (1901-1904) del español Pablo Picasso, en obras como “El gran autorretrato azul”, “La vida”, “El viejo guitarrista”, o “Las dos hermanas”.

También trascendió el arte, siendo adoptado como el color oficial del ejército de Prusia, que tiñó sus uniformes de este azul, dándole, ahora sí, sentido a su nombre.

El uso militar del azul de Prusia se extendió también a otros ejércitos, que adoptaron el color, en otros matices, para uniformar a sus tropas. Las fuerzas policiales también comenzaron a ser asociadas con el azul, haciendo que un color antiguamente reservado para lo divino y místico, se convirtiera en referente de la seguridad y lo humano.

Por otro lado, el Azul de Prusia también fue el origen de la primera forma de fotocopiado, los “blueprints” o cianotipos, creados por el astrónomo John Herschel en 1842 y que consistieron en un avance enorme para la arquitectura (entre otras áreas) pues con ellos se podían reproducir fácilmente los planos y diagramas de edificios o proyecto ingenieriles.

Incluso, en la ciencia moderna todavía se encuentran usos creativos para este pigmento, pues por su capacidad de transferir electrones de manera eficiente lo hacen una sustancia ideal para los electrodos de las baterías de iones de sodio que se utilizan en centros de datos y telecomunicaciones en todo el mundo.

Este color, aparentemente mágico, también tiene propiedades medicinales, pues puede ser usado como un antídoto para intoxicaciones por metales pesados.

Su uso para tratar a personas contaminadas internamente con cesio radiactivo o talio venenoso está reconocido por la Organización Mundial de la Salud. Se sabe, por ejemplo, que ingerido en cápsulas el pigmento puede atrapar los metales peligrosos y evitar que el cuerpo los absorba, reduciendo considerablemente el tiempo que tardan en salir del cuerpo y con esto mitigando el daño.

También sirve como herramienta para detectar el envenenamiento por plomo, y el exceso de hierro en el organismo, el cual puede llegar a ser tóxico en grandes cantidades.

La contracara de este maravilloso color es mucho más oscura, pues sus compuestos pueden ser usados para producir uno de los venenos más letales jamás creados: el cianuro.

Ya para 1782, poco más de 70 años después de su descubrimiento, el químico sueco Carl Wilhelm Scheele descubrió que si mezclaba azul de Prusia con ácido sulfúrico diluido podía producir un gas incoloro, soluble en agua, que era altamente mortal.

Este “ácido azul” o “ácido prúsico”, es lo que hoy conocemos como cianuro de hidrógeno o cianuro, una palabra derivada de la palabra griega para azul oscuro.

El cianuro se convirtió irremediablemente en un arma y uno de sus usos más atroces fue en las cámaras de exterminio nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Azul Maya: el color del Nuevo Mundo

Mientras que en Europa el azul era un lujo extremadamente raro y salvo contadas excepciones como las citadas antes es inexistente en las culturas más antiguas, en América era un color comúnmente usado, en especial por los Mayas, para decorar los murales de sus templos y ciudades.

Sí, los mayas inventaron su propio azul, el cual era brillante e intenso, con tonalidades turquesas y sin un ápice de lapislázuli. El azul maya fue un misterio por cientos de años, y tomó por sorpresa a los europeos colonizadores, así como a los artistas del viejo continente que se preguntaban cómo hacían los primeros pintores americanos de la era colonial para inundar de azul sus obras.

El origen del azul maya, a diferencia del ultramarino, no es mineral sino vegetal, y tenía la característica de ser resistente a la humedad, al sol y al tiempo. Prueba de ello son los murales de Chichén Itzá que aún mantienen su pigmento original.

Otros ejemplos de su uso prehispánico se pueden apreciar en zonas como Bonampak, y en obras preservadas por el Museo Nacional del Arte de México.

El color estaba hecho a base de añil, una planta que forma parte de la familia índigo y era muy común en los territorios habitados por los mayas. Para hacerlo duradero se lo mezclaba con una arcilla blanca conocida como atapulgita.

En los años de la colonización española el “azul maya” se convirtió en un factor clave para diferenciar las pinturas barrocas europeas con las del Nuevo Mundo. Basta comparar los cuadros de los europeos Caravaggio y Rubens con sus tonos cálidos y caóticos, con los tonos fríos usados predominantemente en las obras de pintores de segunda y tercera generación nacidos en Ciudad de México como José Juárez y Baltazar Echave.

La famosa obra, “La Inmaculada Concepción” de Echave, hubiera sido imposible de pintar en Europa, ya que está saturada de “azul maya” en cantidades impensadas durante el reinado del azul “ultramarino”.

La cúpula de la Catedral de Puebla, pintada por Cristóbal de Villalpando en 1688 es otro claro ejemplo del profuso uso del azul maya en el arte barroco latinoamericano.

YInMn Blue: la ciencia del color

Para 1802 en Francia se fabricaría el “azul cobalto”, otro de los candidatos para abaratar el “azul ultramarino”, y tendrían que pasar más de 200 años para que el azul diera otro salto evolutivo.

Sucedió en un laboratorio de Oregón, Estados Unidos, y como en el caso del azul de Prusia, también fue descubierto por accidente. El responsable del descubrimiento fue Mas Subramanian y su entonces estudiante universitario Andrew E. Smith en la Universidad Estatal de Oregón en 2009.

El nombre YInMn, surge de la combinación de los símbolos químicos del itrio (Y), del indio (In) y del manganeso (Mn), que fueron usados para la composición de este nuevo pigmento sintético.

El compuesto tiene una estructura bipiramidal trigonal única, y posteriores investigaciones han descubierto que puede ser modificado para crear pigmentos verdes, púrpuras y naranjas. Todos a base de magnesio, un mineral abundante en la naturaleza, por lo que su producción sería muy barata.

El YInMn Blue tiene otras características únicas que lo hacen un azul casi perfecto. Por un lado es más seguro de producir, más duradero y más benigno para el medio ambiente que sus contrapartes, su pigmentación sobrevive a temperaturas extraordinariamente altas y no se desvanece ni después de una semana en un baño ácido.

“Básicamente, este fue un descubrimiento accidental. Estábamos explorando los óxidos de manganeso en busca de algunas propiedades electrónicas interesantes que tienen. Puede ser ferroeléctrico y ferromagnético al mismo tiempo. Nuestro trabajo no tiene nada que ver con la búsqueda de pigmentos”, ha dicho el académico Mas Subramanian sobre su descubrimiento.

Cuando ocurrió el inesperado “accidente”, Subramanian y sus estudiantes metieron una mezcla de los elementos metálicos de itrio, indio y manganeso en un horno. Al volver a revisar la mezcla encontraron una sustancia azul brillante que nombraron YInMn.

“Muchos de los descubrimientos más interesantes no están realmente planeados. Lo hemos visto a lo largo de la historia. Hay suerte involucrada, pero también les enseño a mis alumnos que hay que estar alerta para reconocer algo cuando sucede. Incluso si no es lo que estaba buscando”, apuntó el científico.

Esta última evolución del azul abre un nuevo mundo de posibilidades para este color, que inició su viaje histórico siendo casi desapercibido, sin tener una palabra que lo definiera por gran parte de su existencia y lo terminó como un componente esencial para imaginar la vida misma. ¿O quién se imagina un mundo sin azul?

infobae

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