Más que a Bolsonaro, miremos a nuestros gobernantes


Cada vez que ocurre un cambio de Gobierno en Argentina y Brasil, saltan las manifestaciones de expectativas ciudadanas, políticas y económicas, acerca de las repercusiones que tales cambios podrían tener en nuestro país; en particular, en lo atinente a añejos problemas del comercio exterior, la seguridad fronteriza, el narcotráfico y el contrabando, con su centro de gravedad localizado en la Triple Frontera. Y, por supuesto, en lo referente a las represas binacionales de Yacyretá e Itaipú.

La elección como presidente del Brasil del ultraderechista capitán retirado del ejército y parlamentario de larga data, Jair Messias Bolsonaro, ha generado un interés político alrededor del mundo y, en particular, en Estados Unidos, entre los sectores conservadores de la sociedad norteamericana, habida cuenta de que, en ocasión de una visita a dicho país, Bolsonaro se declaró abierto partidario del Gobierno del presidente Donald Trump.

Hace un año, en una reunión social con simpatizantes en Florida, Estados Unidos, Bolsonaro, tras manifestarse admirador del mandatario estadounidense, defendió el legado de la última dictadura militar de su país, prometió resguardar al Brasil del comunismo y de los “ladrones”, y dar un portazo a las mentiras políticas convencionales. “Si soy electo, ustedes pueden tener la seguridad de que Trump tendrá un gran aliado en el Hemisferio Sur”, dijo, al tiempo de saludar ceremoniosamente la imagen de la bandera de los Estados Unidos proyectada en una pantalla de televisión.

No sorprende la abierta identificación política de Bolsonaro con el presidente Trump. Históricamente, Estados Unidos ha considerado a Brasil como su gran visir en la América del Sur, en particular durante la Guerra Fría. Este eje geopolítico se quebró tras la ascensión a la presidencia de Brasil de Luis Inacio Lula da Silva, candidato del izquierdista Partido de los Trabajadores, y de Hugo Chávez en Venezuela. Ahora se restablece, aunque no es probable que en el contexto geopolítico mundial Brasil tenga que alinearse firme y constantemente con ese eje como en el pasado, dada su inserción dentro del BRICS, el grupo emergente de grandes potencias mundiales conformado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Es presumible que, de la misma manera, en su propio país Bolsonaro modere la ejecución de muchas de sus radicales promesas, ya que, en primer lugar, no contará con mayoría legislativa para, como se presume, hacer lo que se le antoje.

Mientras ese es el gran escenario que centra la atención del flamante presidente de Brasil, ¿qué atención podría merecerle a Bolsonaro el Paraguay, dado que es el único de los 10 países limítrofes con el que Brasil tiene un emprendimiento comercial estratégico: la usina hidroeléctrica de Itaipú? Si en vísperas de la segunda vuelta de las elecciones –ya con la certeza de que iría a ganarlas– tuvo la deferencia de llamar al presidente Mario Abdo Benítez y prometerle que su Gobierno cooperará con el nuestro con miras a aprovechar la riqueza generada por Itaipú para la construcción de obras de interconexión vial entre ambos países a través de los ríos Paraná y Paraguay, así como combatir el crimen organizado transfronterizo, el narcotráfico y el contrabando a través de nuestras permeables fronteras, es porque Bolsonaro sabe que la corrupción política en su país ha contribuido a la inseguridad reinante en las áreas de influencia de la frontera común entre ambos países, tal como lo ha hecho también esa lacra en nuestro país.

No obstante, de cumplir al menos gran parte de sus promesas de Gobierno, el presidente electo Bolsonaro va a presidir un gran cambio en la política exterior del Brasil: un drástico giro a la derecha, contrapuesto al protagonizado por los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff en la última década. En tal sentido, el presidente Abdo Benítez no debe engañarse con que ahora Brasil vaya a ser más “formidable” con Paraguay, por ejemplo, en Itaipú. Brasil nunca fue, ni tiene por qué ser, “formidable” con nuestro país. Si se lleva la parte del león en la entidad binacional es porque –como dice el refrán– “a caballo regalado no se le miran los dientes”. Hasta ahora, Brasil le sigue robando a Paraguay en Itaipú, pero no lo hace por la fuerza (que, de tener, la tiene), sino gracias al “consentimiento” interesado de los gobernantes paraguayos de turno, que entregan los beneficios que por derecho de igualdad societaria le corresponden a nuestro país en la mesa de negociaciones, presumiblemente a cambio de suculentas coimas que las autoridades brasileñas les deslizan por debajo de esa misma mesa.

En consecuencia, los paraguayos y las paraguayas no debemos creer que el Gobierno de Bolsonaro va a cortar las manos a sus agentes encargados de robarle a Paraguay en la binacional. Por el contrario, no diríamos que va a incitarlos a que lo hagan a cara descubierta, pero es de toda lógica que no va a patear contra su arco: Brasil primero. Punto. De hecho, ningún Gobierno que se precie de patriota lo haría; excepto los nuestros, que se venden al mejor postor, al menos hasta ahora.

Concluyendo, la preocupación paraguaya no debe centrarse en lo que va a hacer el nuevo gobernante brasileño, sino fundamentalmente en cuál será la actitud de nuestras autoridades en las negociaciones bilaterales o en los foros en que participan ambos países: si defenderán los intereses del Paraguay o seguirán claudicando a cambio de prebendas.

abc

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