El retazo de una aldea en Asunción


En medio de un laberinto de senderos, escalones y puentecitos que unen barrancos sobre enormes precipicios se encuentra un sector del Barrio Ricardo Brugada, la Chacarita Alta, que los vecinos llaman “Huracán”. El nombre precisamente tiene que ver con el accidentado terreno carcomido por la fuerza del raudal con cada lluvia. En los sitios firmes que quedan subsisten pintorescas casitas con sus tatakua, fogones y gallineros. El cuadro parece detenido en los tiempos en que Asunción era una aldea.

Al final de las calles Antequera y Tacuary se formó un gran cañón cubierto de vegetación nativa. En medio de los dos profundos zanjones quedó una especie de isla unida al resto de la ciudad con precarios puentes colgantes de madera.

El sitio se parece a una aldea a pasos del Centro. Las casitas tienen fogón y tatakua, algunas gallinas enjauladas y cerdos quejándose en los chiqueros. Las plantas crecen en ollas, latas, pavas agujereadas y cualquier recipiente en desuso.

Las modestas viviendas hechas con madera, piedra y ladrillos están pintadas de un vivo color. Las ropas tendidas a la espera del secado vuelven más pintoresco el paisaje.

Todos los días el pequeño Axel, de nueve años, debe sortear un largo puente entramado de madera para llegar a la escuela Santa María Goretti, cuyas paredes se ven desde su casa. Pero el accidentado terreno hace que deba hacer una gran vuelta.

Su tía Juana Bautista Coronel (83) vino desde Santa Elena (Cordillera) en 1950. “Era una zanja pequeña que fue carcomiendo los bordes hasta convertirse en lo que es hoy. El último puente que los conduce a la civilización lo hizo Carlos Filizzola hace veinte años”, recuerda.

El lugar era muy lindo y memora que acarreaba agua en cántaros desde la zona del Parque Caballero donde estaba el arroyo Mamorei. También iban a lavar la ropa allí o en el Chorro.

Enrique Quintana (47) asegura haber nacido en la zona que se fue desmoronando hasta quedar convertida en una pequeña isla sostenida por las raíces de añosos yvapovó y tacuarales. “Era un arroyito con agua limpia para bañarse. Ahora está contaminado y lleno de basura”, se queja.

La presidenta de la comisión vecinal Tacuary-Sector Huracán, Vivi Núñez, aguarda que pronto empiecen las obras a fin de mejorar el barrio para integrarlo al Centro. Sueñan con que sea parte del circuito turístico como San Jerónimo.

El puente más largo era conocido como “Puente Kyha” y era colgante, pero en tiempos de Filizzola le colocaron unos pilotes de hormigón con trama de madera. Desde aquella vez nunca más se reparó. Este puente tenía un brazo que cayó en la Semana Santa pasada.

Recuerda que el sitio se llamaba también “Tanimbu-ty” (lugar lleno de cenizas) porque el ferrocarril echaba allí toda la ceniza que quedaba de sus calderas bajo otro puente colgante que lo llevaban a la estación.

Lamenta que el barrio se encuentre tan abandonado y lleno de basura puesto que se han hecho cursos para guías de turistas y han trabajado con el Equipo “Mbusu” de la Municipalidad de Asunción para limpiar el cauce.

Doña Mercedes Fariña (69) es vendedora de quinielas en la zona de México y Mariscal Estigarribia. Su casita es un oasis lleno de flores en lo alto de una de las isletas. Asegura que antes la calle Comuneros llegaba hasta su casa, pero ahora ha quedado separada por un profundo zanjón. Cuando llueve se va horadando y desmoronando más.

A la vuelta de su casa hay varias viviendas de madera abandonadas y a medio caer. Muchos enseres se desplomaron al precipicio y sus ocupantes decidieron emigrar. También está la casa de Amelio Allendre, cuyo hijo Christian Ariel, de 22 años, había fallecido al caer al zanjón en el 2010, al desmoronar uno de los camineros.

Todos quieren que el barrio mejore y no se repitan más estas tragedias.

Abc